Después de estar todo el verano enganchado a las carreras de ultra distancia como la Transcontinental y la Transibérica, me apetece, a mi ritmo, probar si soy capaz de intentar algo que se le acerque. Este tipo de pruebas son algo así como brevets salvajes de miles de kilómetros que recorren países o continentes enteros. Se marcan unos cuantos puntos en el mapa de obligado paso y cada participante decide qué ruta tomar para llegar hasta ellos. La filosofía está clara: tú y tu bici. Nada de ayuda externa, coche escoba o alojamiento en casas de conocidos por el camino.

Me pongo como destino Nívar (Granada) donde he quedado con unos amigos que no veo hace mucho tiempo. Como punto de incio decido pillar el tren hasta Monreal del Campo (Teruel) y empezar desde allí. En total me salen en el mapa unos 630 km que me planteo hacer en 3 etapas. Nada que ver con los 400 km al día que llegan a hacer los que ganan las carreras de ultra distancia, pero sí que es más de lo que nunca he hecho y me sirve para ponerme a prueba.

Comienzo a pedalear a las 11 de la mañana, con un par de bolsas de Cordel como equipaje y, por primera vez, un GPS que estreno en este viaje. Llevo bastante tiempo sin rodar en serio y lo noto nada más empezar. La provincia de Teruel es preciosa e igualmente dura. Llego a Orihuela del Tremedal y comienzan los Montes Universales. Carreteras desiertas al cobijo de bosques húmedos, con ciervos que cruzan al paso o galopan a mi lado. Huele a madera, a hierba, a rebaños de ovejas sueltos. Voy subiendo y subiendo y maldigo haber parado a comer un guiso de ciervo en Griegos. ¡Qué rico estaba pero cómo pesa ahora!

Dejo atrás Teruel. Eres virgen aún, fue un placer. Volveré.

A Cuenca entro a 60 km por hora bajando a toda velocidad. El día ha aguantado hasta ahora, pero se avecina tormenta de verano. Por aquí, tanto el paisaje como las carreteras se parecen bastante a las de Teruel: practicamente estoy yo solo en el camino. Son las 16h de la tarde y el cielo se cierra con nubes grises que anuncian pedrisco. Empiezan las primeras gotas y en menos de un minuto se ha puesto a granizar de lo lindo. Al principio intento hacer como que no pasa nada, pero enseguida el dolor de las bolas de hielo en mi espalda y nudillos de las manos me hace parar. Menos mal que llevo casco. Estoy paralizado del frio y del dolor. Y del miedo, porque no hay ni un solo sitio a mi alrededor donde pueda cobijarme. Derrepente pasa un coche, el primero con el que me cruzo en mucho tiempo, y se apiada de mí. Para a mi lado y me dice que me suba. ¡Qué maja es la gente en Cuenca! Después de 5 minutos parados en el arcén, cesa el temporal y aunque sigue lloviendo, ya se puede pedalear. Les doy las gracias, me bajo, cojo la bici y continúo. A menos de un kilómetro, en el desvío a Beamud encuentro una zona de picnic con techo y chimenea para hacer barbacoa. Recojo unos papeles y algo de madera seca y me hago un fuego. Casi no lo logro porque se me olvidó llevarme un mechero, pero por suerte en el botiquín me han aparecido 4 cerillas. Las dos primeras se me han apagado nada más encenderlas pero con la tercera lo he conseguido. Hay muy pocas cosas que den tanta satisfacción como encender un fuego con pocos recursos, y más si estás mojado hasta el tuétano. Debería ser asignatura obligada en el colegio. Me desnudo y pongo toda mi ropa al lado del fuego para tratar se secarla de alguna forma. Estoy tan contento que me hago una foto para no olvidar este fuego que me ha dado la vida. Logro secar bastante bien la camiseta, culotte, calzones y zapatillas, a costa de oler ahora a salmón ahumado.

Empieza a atardecer y reanudo la marcha. Las carreteras, tan secundarias que hasta ese término se les queda grande, son un constante sube y baja y empiezo a estar cansado. En Valdemoro se me ocurre preguntar a los parroquianos del bar si la ruta que aparece en mi mapa es efectivamente la mejor para llegar al destino que tengo marcado. Después de 10 minutos de discusión entre ellos, me convencen de que tome otra ruta, pues la que me aperece en el mapa como la más lógica es un rodeo tremendo, según ellos. Error, gran error. Lo tengo más que aprendido, pero de vez en cuando vuelvo a caer en la misma trampa: nunca preguntes a un paisano si en el mapa ves algo claro. Al final sigo la ruta que ellos me indican y me desvío bastante de mi destino. Son las 21.30h, ya ha anochecido, estoy muerto y solo llevo 170 km. Me quedan 40 km más para cumplir el objetivo del primer día, pero ya no quiero más. En la antigua estación de Renfe abandonada en Cañada del Hoyo encuentro un banco para dormir y esperar a que amanezca.

Ayer hice 2.100 metros de desnivel positivo acumulado por Teruel y Cuenca, pero hoy parece que el terreno se allana y será un poco más suave. A las 10 de la mañana he recorrido ya 40 km para llegar hasta Almodovar del Pinar, el pueblo donde tenía marcado dormir el día anterior. En mi mente es como una victoria, desayuno y vuelvo a empezar con el contador a cero. Pedalear solo por Castilla La Mancha puede ser desquiciante si no te aguantas a ti mismo: kilómetros y kilómetros sin que pase nada. Carreteras rectas de 30 km sin ningún monte en el horizonte o pueblo que sirvan para despistar la mente. Solo campos de trigo a mi alrededor. Me imagino que son de algodón y voy tarareando un blues mientras mi mente entra en trance. Está atardeciendo, voy hacia el sur y los campos empiezan a convertirse en olivares. Hago 15 km nocturnos y llego hasta Villanueva de la Fuente. Después de 206 km hoy no he recuperado todo lo que perdí ayer, así que creo que ya será dificil conseguir llegar a Granada en tres etapas. El pueblo está en fiestas, las calles llenas, ferias por todos lados, ruidos y borrachos. Los dos únicos hostales en todo el pueblo están cerrados. Perfecto. Me apetecía dormir en cama esta noche pero no va a poder ser. Hacer vivac en un pueblo en fiestas no es de lo más divertido que hay pero el siguiente pueblo en la dirección en la que voy está lejos y seguramente esté también en fiestas, así que me busco algo a las afueras. Un hotel-restaurante cerrado con el nombre “El rey de la coca” no me inspira demasiada confianza al principio, pero después de valorar diferentes opciones, creo que es lo mejor. Hace buena noche y duermo del tirón.

Comienza el tercer día. El café en estos pueblos es amargo y torrefacto, imbebible. Pero a pesar de ser un sibarita con el café, también estoy enganchado a la cafeína, así que por malo que esté necesito mi dosis matutina. Me pido un café bombón para camuflar el amargor con leche condensada y descubro que es mejor que cualquier barrita energética que exista. ¡Vaya doping! Salgo zumbando y los campos de olivos pasan a toda velocidad a mi lado. Carreteras que serpentean la sierra adentrándome en la provincia de Jaén, dirección Úbeda. No hay quien me pare y me doy cuenta de que prefiero mil veces pedalear por montes y contínuos sube y bajas, por duros que sean, que por llanuras interminables donde no pasa nada. Al final, pienso que es más importante la cabeza que las piernas. Una vez éstas están calientes, pedalean ya por inercia y si la cabeza te funciona puedes pedirles lo que quieras. Pero como tu mente se bloquee o se aburra, se acabó lo que se daba.

Dejo atrás Úbeda, son las cinco de la tarde y me adentro en el Parque Natural Sierra Mágina. El sol aprieta fuerte y camino a Jódar hay una subida de 20 km interminable. En la botija ya no hay agua, solo sopa y parece que no llego. ¡Vamos no me jódar! Me había marcado este pueblo como parada técnica para valorar mis fuerzas y ver si puedo llegar hoy a Granada o no, y nada más llegar pienso que no puedo más. El calor es terrible y estoy al borde de mis fuerzas. Meriendo y parezco recuperarme bien. El pueblo está en fiestas (¡como no!) y llevo 150 km ya. Se me han hecho las siete de la tarde pero derrepente sufro un brote de optimismo y pitera y pienso que lo puedo lograr. Me quedan unos 100 km para llegar hasta Granada y lo que antes en el mapa me parecía un mundo y cuesta arriba, ahora pienso que no es para tanto. Enciendo las luces, me tomo otro café bombón y me preparo para una nocturna.

Salgo de Jódar y la carretera continúa cuesta arriba como antes. El frescor del anochecer se agradece, el paisaje acompaña y de pronto me teletransporto. Las subidas no duelen, siento que una fuerza invisible me empuja. Me adentro en la noche cerrada cuando llego a la provincia de Granada, dirección a Nívar. La autovía, que parece la forma más fácil de llegar, no está desdoblada, así que he buscado una ruta que pasa por Iznalloz y Deifontes, para bordear las faldas de la sierra de Huétor y descender después hasta Nívar. Cuando miré la ruta en el mapa no presté demasiada atención al desnivel y, aunque sé que me toca subir un poco, no soy consciente realmente de lo que me espera. Son las 12h de la noche y me doy cuenta de que voy a conseguir llegar hasta Granada en tres días, y en lugar de tomarme con calma la última parte de la etapa, atravieso Deifontes como si estuviera corriendo en un criterium. Dejo atrás el pueblo y sus cuestas del 25% a toda velocidad dirección al monte. Me he dejado casi todas las fuerzas que tengo pensando que después de cruzar el pueblo llegaba ya la bajada hasta Nívar, pero me he equivocado. Ahora empieza el monte, son caminos sin asfaltar y no para de subir y subir. Paso por unas trincheras de la guerra, un santuario, miles de olivos… Solo veo los 50m que alumbra mi linterna y no sé cuándo va a dejar de subir este maldito camino. Al límite de mis fuerzas ya, exhausto como nunca antes me dejo caer y me tumbo largo en el camino. Por lo menos hay mil estrellas y me quedo un rato mirándolas sin poder parar de jadear. Me levanto y empujo la bici como puedo hasta que empieza el descenso por la otra vertiente. He tardado dos horas en hacer 20 km y sin una gota de fuerza más llego a mi destino a las 2 h de la mañana. Estoy sin aliento pero realmente emocionado; parecía que no llegaba. Abro el mapa y marco en él la ruta de hoy (250 km y un desnivel positivo de 3.100 m) uniéndola con las de los dos últimos días. Una línea casi vertical atraviesa siete provincias y 4 comunidades autónomas para cruzar un cachito de la pensínsula en tres días. Hoy sí, toca descansar en una cama para mañana subir el Veleta, que le tengo ganas.

Esfuerzo, sudor y fartiga. Como en los primeros tiempos de ese ciclismo épico que nos enamora.

Aquí podréis ver la ruta completa: http://www.ekibike.com/crear_ruta.php?id=27303

 

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