En los tiempos pioneros del ciclismo, cuando todavía se competía en velocípedos en pruebas de velódromo, como “las seis carreras de Carrousel” frente al Louvre de París (1879), las gentes de la Europa occidental ansiaban la aparición de nuevos héroes a los que admirar. Los grandes alpinistas ya habían alcanzado las más altas cimas de las cordilleras del continente y los períodicos y noticiarios de países como Inglaterra, Francia e Italia buscaban un nuevo reclamo para mantener a flote el negocio de contar historias.

La safety bike (bicicleta con ruedas de igual diametro, transmisión por cadena y neumáticos) desbancaba al resto de ciclos de diferentes diseños y medidas, imponiéndose en todos los mercados. Los ciclistas ya adoptaban una postura parecida a la de hoy en día, sobre su sillín de cuero y su manillar de carreras, pedaleando en piñón fijo etapas de 400 y 500 kilómetros, día y noche, para ganarse el jornal e incluso alguna propina si vencían.

Los directores de los grandes períodicos vieron en el ciclismo emergente una nueva fórmula para vender más ejemplares, consiguiendo cada vez más y más lectores. Nuevos ojos que ofrecer a las empresas que publicitaban productos en sus páginas. Lectores ansiosos de entretenimiento, que buscaban gastar su dinero en los disparatados inventos que deparaba el venidero siglo XX. Así surgieron la mayoría de carreras ciclistas, organizadas por los diarios. Gestas heróicas de jinetes sobre pesadas monturas de hierro que debían recorrer distancias imposibles para llegar a la meta lo antes posible. Discusiones, enemistades, ajustes de cuentas, robos, chascarrillos, caídas, lesiones, enfermedades, acuerdos, amistades, trampas y al final una sola victoria, la del campeón que cruzase la meta el primero. Y así lo hizo el inglés George Pilkington Mills ganador de la primera Burdeos-París el 24 de mayo de 1891, reservada a 28 corredores amateurs.

Pocos meses después, dos veces más larga que la Burdeos-París, la carrera de resistencia París-Brest-París hizo su aparición el 6 de septiembre de 1891. El francés Charles Terront (34 años) ganó la carrera recorriendo toda la ruta, sin parar a dormir, en 71 horas y 27 minutos, llegando por delante de los 200 corredores que habían salido junto a él desde la capital gala. Diez años más tarde tuvo lugar una segunda edición más internacional, con corredores de todo el continente. Tuvo como vencedor al famoso francés Maurice Garín (30 años), que completó el recorrido en 52 horas y 11 minutos, algo todavía hoy extraordinario.

Creada por Pierre Giffard, redactor jefe del periódico Le Petit Journal, París-Brest-París (PBP) nació como una carrera para profesionales y se celebró cada diez años hasta su última edición oficial en 1951, organizada por el periódico L’Equipe.

Paralelamente a la carrera oficial, a partir de 1931 el Audax Club Parisien comenzó a organizar la PBP randonneur, una versión cicloturista (brevet) para randonneurs. Pero ¿qué es eso de audax, brevets, randonneurs…?

En 1923 se creó la Federación Francesa de Asociaciones Cicloturistas, para unificar todas las asociaciones de ciclistas no profesionales del país. Más tarde, en 1942 pasó a llamarse Federación Francesa de Cicloturismo. Es en esta época, a principios del siglo XX, cuando se popularizan, concretan, y diferencian claramente las dos modalidades de pruebas cicloturistas, audax y randonneurs.

Por un lado, la actual Unión Audax Francesa propuso en 1930 un proyecto de brevet audax a “ritmo controlado ” a lo largo del recorrido de la PBP. Los brevets audax son pruebas de regularidad y resistencia en las que se circula en pelotón y a un ritmo controlado por los capitanes de ruta, quienes regulan la velocidad del grupo. La velocidad varía entre 20, 22’5 y 25km/h dependiendo del perfil del recorrido, avisado de antemano a los participantes. “Salir juntos, llegar juntos” es el lema de los audax, que recuerda que no se trata solo de practicar una actividad deportiva de resistencia, sino que la fórmula excluye toda competición. Es una auténtica muestra de solidaridad entre ciclistas, ya que los más fuertes ayudan a los demás a llegar juntos hasta el final.

Por otro lado estaban los brevets randonneurs (comunmente llamados solo “brevets”) organizados en la época por el Club Audax Parisien. Pruebas a “ritmo libre” pero con puntos de control a lo largo del recorrido para evitar la competición. Estos puntos de control tienen unos horarios límite de apertura y de cierre, que impiden a los participantes ir demasiado lento o demasiado deprisa. Lo curioso es que a esta modalidad tambien se le conoce como “audax”, especialmente en el mundo anglosajón, por lo que puede llevar a error a la hora de distinguir entre ambas.

Explicado todo lo anterior, habiendo analizado la aparición y popularización de estas pruebas ciclistas amateurs no competitivas, nos vamos a trasladar hasta la actualidad. Han pasado casi cien años y todavía hoy sigue organizando la PBP Randonneur el Club Audax Parisien y lo sigue haciendo a la perfección, todo sea dicho.

Con el paso de las décadas, varias generaciones de ciclistas de todas partes han ido hasta el corazón de Francia a pedalear en la que se ha consolidado como la reina de la pruebas cicloturistas a nivel mundial. Al mismo tiempo varias generaciones de franceses, principalmente de la Bretaña, ven pasar cada 4 años a miles de ciclistas por las puertas de sus casas. Pequeños municipios como Mortagne-au-Perche acogen puntos de control oficiales de la prueba mientras los vecinos arropan y alimentan día y noche a los exhaustos ciclistas en puntos de avituallamiento organizados de forma altruista. Los zagales de la campiña que en los años cuarenta soñaban con ser Bartali o Binda, se han convertido en abuelos para quienes la PBP es su particular fiesta del ciclismo y se encargan de transmitir su pasión a sus nietos.

Este año la fiesta ha cumplido su décimo novena edición radonneur y ha acogido a casi 7000 ciclistas de 60 países. 400 japoneses, 800 alemanes, 600 estadounidenses, 300 hindúes… son solo algunas de las cifras que conforman este super pelotón internacional. Por no hablar de los casi 2000 participantes franceses que muestran fervor por la máquina de dos ruedas que se mueve a pedales.

90 horas es el límite para mover esos pedales durante 1200 kilómetros si quieres tener la PBP randonneur en tu palmarés amateur. Un servidor ha tenido la suerte de participar en esta edición y aconseja de todo corazón acudir al menos una vez en la vida a este evento único en el mundo, como público o como participante. En él puedes disfrutar de bicicletas artesanales de todos los materiales actuales, acero, carbono, titanio, así como las más curiosas bolsas, parrillas y accesorios de diseño. También es increíble la variedad de ciclos que participan en la prueba, tandems de dos, tres y hasta cuatro ciclistas, bicicletas de principios del siglo XX, reclinadas, plegables Moulton y Brompton, mountainbikes, 29», fatbikes (estas últimas siguen todavía sin tener explicación alguna para mí). Menos BMX y monociclos, ¡de todo!… Y, por supuesto, infinidad de bicis randonneurs de acero de los años 60 y 70, con su parrilla delantera y bolsa cuadrada, y con las palancas de cambios en el cuadro. Y es que como me decía Caroline, una californiana de 52 años, mientras pedaleábamos los ultimos 40km antes de la meta, “esto es París-Brest-París, hay que venir con una auténtica bici randonneur para sentir en tus huesos lo que sentían los pioneros de esto. Esos ciclistas se machacaban, pedaleando día y noche, comiendo y durmiendo poco y pasando mucho frío. Y encima con estos hierros. No se trata de molar, se trata de vivir una experiencia auténtica que te va a marcar para el resto de tu vida”. Y tenía razón, sé que París-Brest-París me acompañará en cada pedaleo el resto de mi vida ciclista, os lo aseguro.

Quico Gimeno, Ciclofactoría

 

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