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Día 4. 122km, +2.800m. 12h 40min totales, 8h en movimiento.

Me despierto en la cima del Soulor después de 8 horas de sueño y el primer paso que doy no augura nada nuevo: la rodilla me sigue doliendo horrores y encima la tengo hinchada. Estoy con el ánimo bastante bajo pero no queda otra que seguir intentándolo, de todos modos, aquí no me puedo rendir. En Laruns quizá sí. Me despido de Eric, a quien le agradezco enormemente su humilde hospitalidad y comienza de nuevo el calvario al subir el Aubisque. No hay forma de no sentir dolor, y además, tampoco hay forma de que la cabeza deje de pensar en ello. A duras penas llego a Laruns y aquí me toca decidir. Me ofrece mi familia venirme a buscar desde Zaragoza y me lo pienso. Pero no, no puedo rendirme así. Tómate un café, ve a una farmacia y agota todas las posibilidades que hay de poder seguir. Cafeína, voltarén, nolotil y paciencia. Decido seguir, darme la última oportunidad con el siguiente puerto, el Marieblanque y ahí ver qué pasa.

Justo antes de empezar la ascensión me encuentro a dos valencianos que compiten por parejas, Paco y Benito, con un problema. Más bien un problemón. A Paco se le ha roto un radio de su rueda trasera y se le ha descentrado por completo, rozándole en el freno constantemente. No llevan radios de repuesto y seguramente no haya ninguna tienda a menos de 150 km donde tengan justo ese modelo de radio. Yo tuve ayer un ángel de la guarda que me dio cobijo y algo de comida y ellos al parecer lo van a tener hoy: yo sí que traigo radios de repuesto para mi rueda, y casualidades del destino y de la vida, son exactamente el mismo modelo y la misma medida que los de su rueda. Las probabilidades de que algo así ocurra son las mismas que yo pueda terminar en tiempo la Transpyrenees a este ritmo: una entre un millón. Otra excusa más para parar y tomármelo con calma. Le arreglo la rueda, me invitan a almorzar (por tercera vez para mí hoy), y ahora sí me pongo a subir el Marieblanque. Lo corono, con dolor, pero ya me da todo igual. Voy a seguir y si no se me rompe la rodilla, voy a terminar aunque sea fuera de tiempo.

Toca subir el Ichère y la Pierre de St. Martin, casi 30km de ascensión sin parar. No tengo ni idea de cómo lo voy a hacer pero sé que lo voy a hacer. Me encuentro con la pareja del primer día, Chema y Jose. Chema, a quien además conozco de Zaragoza, pues viene mucho por Ciclofactoria, tiene exactamente el mismo problema que yo. Lleva la rodilla como una pelota de tenis y además él lleva hoy 70 km más que yo pedaleados. Está a punto de rendirse, pero el verme a mí en su misma situación y el no dejar a su pareja tirada, le hace continuar. Ahora sí que parecemos la Real Hermandad de Penitencia, en una triste procesión puerto arriba. La delgada línea que separa lo heroico de lo patético. Un ritmo cansino, risas por no llorar y paradas las justas, para llegar por fin a la Pierre de St. Martin sin saber bien cómo lo hemos conseguido. Bajamos hasta Isaba, buscamos albergue, nos ponemos alcachofas congeladas en las rodillas y a descansar. Ver lo que he logrado hoy con semejante dolor me hace cambiar el chip. Soy un cabezota de aúpa y ahora sé que voy a terminar esta carrera. Si he podido llegar hasta aquí, puedo acabar. Me quedan 230 km hasta la meta y ya me da igual el no poder competir en ninguna de las ligas. Mi victoria será personal, poder terminarla aunque sea en el límite de tiempo: 6 días.

Día 5. 233km, +5.700m. 19h totales, 15h 46min en movimiento.

A las 6 de la mañana empiezo a pedalear. Jose y Chema han salido media hora antes, pero yo prefiero ir con algo más de calma. Por suerte a Chema le ha sentado bien descansar y se encuentra bien para pedalear. Yo igual. Bocadillo, zumo, nolotil y a dar pedales. La cabeza consigue disociarse del dolor, que por suerte está más calmado. En el tercer puerto del día, el Col de Bagargi sufro de lo lindo. Pero supongo que como cualquiera que lo suba. ¡Vaya puerto, con 5 kilómetros al 12%! Voy atrancadísimo haciendo solo fuerza con mi pierna izquierda, como durante los últimos 200 km, y por detrás me adelanta Mike, otro corredor inglés. Me ve penando y se ofrece a rezar a Jesucristo por mi rodilla. Valoro las opciones de éxito y de catástrofe que pueda tener algo así. ¿Si llevo dos días confiando en la medicina occidental, porque no confiar en la espiritual? Paramos, Mike pone una mano sobre mi rodilla y le reza en inglés al Señor, pidiéndole que cese mi dolor y me permita continuar. ¡Alright! Queda 1 kilómetro para la cima y cuando llego arriba y trato de bajar casi me caigo por el dolor de rodilla. El Señor tarda en hacer efecto, como el nolotil, eso está claro.

Un puerto, otro más, otro y otro… Hace un rato he hablado con Fani, mi pareja (no en esta penitencia), y me dice que quiere venir con Candela a verme a la llegada. Me he venido arriba y le he dicho que llego esta misma noche. ¡Ya vale, hoy termino con esto! Asumir que hoy llego y que tengo que superar el dolor sea como sea, me permiten disfrutar del recorrido como un enano. Sufro, sí, pero tengo la rodilla ya como en un estado de anestesia que no la siento. Gracias Mike, gracias Señor. Esta parte del Pirineo vasco-francés es desconocida para mí y doy gracias mil y una veces por no haberme rendido y haber empujado mis límites un poco más allá del dolor físico para poder estar pedaleando finalmente por aquí, con la convicción de que nada me puede parar y que voy a acabar incluso en menos de los 6 días máximos permitidos.

Me acerco a Jaizkibel, el último puerto. Me adelantan 4 corredores que buscan un último pique antes de la meta a modo de diversión y que dignifique un poco el espíritu de competición que se le presupone al ultracycling. Lo siento compañeros, no puedo medirme en un último sprint con vosotros. Tengo las fuerzas justas para llegar, no sé donde poner ya el culo en el sillín y a la rodilla derecha no le puedo pedir más. Me acerco a la cima y ahí están Fani y Candela que me animan y dan la bienvenida. ¡Por fin!

Es curioso, no hay en los rostros de ninguno de los corredores lágrimas de alegría. Quizá porque sobre la bicicleta todo pasa a otro ritmo. Los kilómetros, los pueblos, las nubes, las emociones… todo se acerca lenta y progresivamente, te da tiempo a prepararte, a saborearlo con calma y a anticiparte. Toda la carrera fue un lento peregrinaje por las cotas más altas del Pirineo, de costa a costa, pero sobre todo un viaje interno descubriendo los lugares más remotos del esfuerzo, la perseverancia y el placer del sufrimiento. Sería muy natural llorar de alegría y euforia al terminar algo así, pero también es muy natural relativizarlo, pues en la bicicleta el dolor se olvida en el mismo instante en que se acaba la subida, y eso es algo que ya sabes de antemano.

 

 

Perfil y recorrido del dia 4: Strava

Perfil y recorrido del dia 5: Strava

 

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