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Hoy es el día. Ayer, cuando llegué al alto del Col de Larche (o Colle della Maddalena en italiano), ya solo me quedaba disfrutar del descenso mientras me adentraba en Italia. Fueron prácticamente 30 km cuesta abajo para compensar los alrededor de 80 km de puertos y subidas que había pedaleado ese día por Francia.

Hoy me despierto en Cuneo y ya siento los nervios de llegar al destino que me había propuesto. Todo este viaje empezó con la excusa de conocer a Luciano Berruti y su museo, y hoy ese día ha llegado. Me quedan 90 km hasta Cosseria y conforme me acerco noto que me impaciento: no sé qué esperar. Todo contacto que he tenido con Luciano ha sido a través de su hijo menor Jacek, que es quien contesta a los emails. Le escribí antes de empezar el viaje contándole mi plan y ayer me volví a poner en contacto con él avisándole de que llego hoy. Por lo menos, me confirma que están en casa y que con gusto me abrirán el museo.

Realmente, analizándolo con calma y mirándolo desde fuera, puede ser que parezca una historia un poco rara e igual me han tomado por un friki chalado. Igual no se fían del todo de mí y no me dan mucha bola. O quizá Luciano esté ya viejo y pase de charlas, recibimientos y conocer a un loco que viene en bici desde España. Pero también tengo el presentimiento de que va a estar bien, y sinceramente, sí espero que al menos me inviten a un refresco y conocerle. Al fin y al cabo son italianos y no les corre horchata por las venas… ¡Sabrán apreciar a alguien que ha peregrinado hasta ahí y querrán al menos escuchar su historia! Pero, por mucho que fantaseara, no podría imaginar lo que realmente me esperaba…

Llamo a Jacek y le comunico que ya he llegado y estoy en la puerta del museo. Se acerca en coche desde su casa. Es un tipo majísimo, ciclista y con la misma pasión que su padre, aunque reconoce que lo mejor del museo es su padre, que sea él quien lo enseñe y lo explique. Ya ha avisado a Luciano de que estoy aquí y éste se está poniendo guapo para la ocasión, para recibirme como es debido y enseguida llegará.

Nos conocimos brevemente en La Eroica Hispania, cuando Quico le ofreció la bota de vino y nos hicimos unas fotos. Dice que me recuerda, pero no sé yo… También acude el hijo mayor, Leszek, que viene a saludarme antes de marcharse de vacaciones.

Si hay que utilizar un término para describir a Luciano, yo diría que es un «personaje». Un auténtico personaje. ¿Cuántas personas de 72 años conocéis que sigan disfrutando como auténticos chavales? En su casa tiene un dibujo enmarcado de un ciclista pedaleando dentro de una rueda gigante, como un hámster. Pues Luciano se ha construido un prototipo idéntico en el jardín y, con su edad, se divierte corriendo ¡e incluso pedaleando! dentro de ella. Lo que más valora es la pasión. Con pasión vive, te cuenta, recuerda, sueña… Y con pasión me recibió. Estaba emocionado sabiendo que alguien venía en bici desde tan lejos para conocerle y me condecoró con la maglia rossa y una copa que ganó él en sus tiempos mozos. Los primeros de un sin fin de regalos y detalles en dos días.

El museo abrió en 2010 pero su devoción por el ciclismo clásico viene de lejos. Desde los 14 años, todos los días, recorría 20 km para ir a trabajar, y ese fue su mejor entrenamiento. Cuando le dio por competir, lo ganaba casi todo. Campeonatos de BTT y carretera, y 9 veces campeón de Italia de ciclocross. Pero nunca llegó a participar en una vuelta grande. Ya de mayor, y retirado, le gustaba hacer sus excursiones con su bici antigua de piñón fijo y varillas, vestido de época. La moda de lo retro aún no había empezado y la gente le miraba como a un tarado. Cuando se enteró de que exisitía la marcha cicloclásica La Eroica (la italiana, la original) fue en su tercera edición de 1998. Se apuntó y acudió con una de sus bicis viejas y los tubulares cruzados a la espalda. Esa edición llovió a mares y nadie pensó que aquel tipo la fuera a terminar. Sin bajarse en ninguna cuesta de la bici llegó a meta, y ahí empezó su leyenda. Al día siguiente apareció en la portada de una revista nacional de ciclismo y así fue como se convirtió en la imagen y el embajador de esta carrera, ahora convertida en marca, y que tiene ediciones por todo el mundo a las que Luciano acude como invitado de honor: España, California, Australia, Japón, Uruguay…

El Museo della Bicicleta es un reflejo de la evolución del ciclismo. Cada bicicleta tiene una singularidad: los primeros sistemas de cambios de marchas Campagnolo, como el Vittoria Margherita o el Cambio mod. Corsa que había que accionarlos con una y dos levas respectivamente y pedalear hacia detrás para que la cadena subiera o bajara un piñón; una Griffon de 1911 con un cambio de marchas precursor del primer Sturmey Archer de 3v con la que Petit Breton corrió el Giro de aquel año; una Durkopp alemana de 1904 que ya había inventado el sistema de bloqueo de bielas mediante tornillos, que se popularizaría 50 años después, mientras las coetáneas francesas, españolas o inglesas usarían el sistema de chavetas todavía durante medio siglo más. Bicicletas con todo tipo de sistema de frenos, geometrías en el cuadro, tuberías… Una Atala de 1909 con un curioso sistema para cambiar los tubulares sin desmontar la rueda del cuadro: el tirante izquierdo del cuadro se abre y se cierra, y por ese hueco se quita y se pone el nuevo tubular… Velocípedos, una bicicleta con alas con la que intentaban, y lograban, elevarse un par de palmos del suelo y un largo etcétera.

A penas ha comprado él ninguna bici. Y jamás ha vendido ninguna. Tiene tantos amigos y es tan querido que las bicicletas, maillots y demás inventos le llegan por parte de amigos, ex corredores, constructores… Tiene la bicicleta con la que F. Moser batió el record de la hora en pista en 1984. Le pregunto cuál es su favorita y no sabe qué responder, pero con entusiasmo me muestra una Durkopp Acatene de 1906 que no usaba cadena en la transmisión y lleva freno a contrapedal. Una rareza de las que no se fabricaron muchas, pues el sistema de transmisión con cadena, a pesar de «ensuciar», resultaba mucho más barato de fabricar y le ganó la partida a las bicicletas alemanas y francesas «Acatene» (sin cadena).

Pero, sinceramente, lo mejor está en su casa. Con su sueldo de operario de fábrica se compró en su día un terreno y poco a poco se construyó una casa hermosa. Ahí vive con su mujer Zofia, a quien conoció en un viaje en ciclomotor en Polonia, y se vino con él a Italia. Un encanto de mujer que me recibió de la mejor manera: focaccia, frittata, tomates y cebollas de su huerto. Nos sentamos con ella a la mesa y, mientras les cuento como ha sido la experiencia de mi viaje, sacio el hambre que traigo. Es todo de lo más gracioso porque acabamos encontrando un idioma a caballo entre el español y el italiano, con bien de gestos y gritos, en el que nos entendemos a la perfección. Y ya, tras una botella de vino, incluso mejor. Después, me enseñan todos los secretos que esconde su hogar, donde Luciano ha construido un museo-taller privado que no hay palabras para explicarlo. Solo los más allegados han estado ahí dentro y yo tengo el placer de que me lo muestre. Además de eso, las bicis, accesorios, recortes, periódicos, pósters, herramientas, etc. no dejan de aparecer por todos los rincones de su casa. Más tarde, en una pizzeria cercana donde todos le conocen, sigue la charla y las risas con él y Jacek.

Después de un buen desayuno y unos cuantos cafés, toca recoger para hacer la última etapa de mi viaje: Génova. Pero irme se convierte casi en misión imposible. Luciano no para de buscar cosas que me quiere regalar: el maillot del primer equipo ciclista de la ciudad, con el que corría su amigo Pastrengo, ahora anciano e íntimo de Fausto Coppi en su día; chichoneras, gorrillas… Zofia saca una medalla que había ganado Luciano de joven y me la regala. También las zapatillas con las que ganó el último campeonato de ciclocross, un maillot que le hicieron a medida… La emoción me desborda y no hay palabras para agradecer tanto. Pero me dicen que son ellos los que me quieren agradecer la visita. ¡Al final viene hasta el alcalde de Cosseria a despedirse! Y así, y después de otro café y unas cuantas fotos, consigo encajar el puzzle de alforjas y bolsas llenas de recuerdos que me llevo de esa humilde familia.

En Génova ha terminado mi ruta. Aquí me encuentro con Tanis, amigo y compañero de piso en mis años en Berlin, que ahora vive en Italia y me quedaré unos días de visita. El objetivo era viajar y conocer, agarrar la bicicleta y salir a descubrir mundo de la forma más libre que conozco. Al final, conocer a Luciano Berruti y su familia ha sido el broche de oro a un viaje que nunca olvidaré, porque ya había sido memorable hasta hoy, pero esto lo ha hecho inolvidable. Sin saber lo que me esperaba, hice exactamente 1.299’4 km por descubrirlo. Ahora, sabiéndolo, volvería hacerlos ida y vuelta.

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